jueves, 23 de octubre de 2014

Cuando el Patrimonio está en el mar

Llevaba tiempo queriendo escribir sobre ello. Sobre el lugar que más me ha impresionado nunca. Hace un año viajaba con una amiga hacia el norte de España y en uno de esos días de ruta decidíamos parar en la famosa Playa de las Catedrales. Situada en el municipio de Ribadeo, en la provincia de Lugo, es la playa de las playas. Quizás no la más grande, pero, y siento ser repetitivo, para mí la más bonita.



Tras hora y media de viaje desde Gijón, llegamos a este bello lugar con un tiempo apacible, las nubes se situaban sobre el mar, pero entre las mismas se colaba el sol que dejaba la mañana con unas temperaturas agradables. Lo primero que hicimos al llegar, extensión de toallas y colocación de nevera a parte, fue preguntar al socorrista cuando empezaba a bajar la marea.
Nos bañamos, comimos y, como buenos españoles, pequeña siesta para hacer bien la digestión. Al abrir los ojos, la marea había bajado y, las grandes rocas que impedían el paso por un lado y contra las que chocaban las olas, habían dejado paso a bellas catedrales de piedra situadas en el entorno marino.



No salía de mi asombro. Frotaba mis ojos pero no podía creérmelo. Estaba ante uno de los lugares más maravillosos que había visto nunca. Miento, el que más.
Durante horas estuvimos caminando y tomando fotos de un lugar irrepetible. Entre las rocas se escondían pequeñas piscinas naturales. Cuidado con algunas porque parece que nos metemos en cubos de hielo.
Una de estas “piscinas” es la que más me llamó la atención. Si habéis visto la serie de “Perdidos”, la imagen era muy similar. Tras nadar por una pequeña cueva, llegamos a un punto en el que las rocas se elevaban y desde abajo solo veías rocas y cielo. Si existe el paraíso, seguro que es muy parecido a ello.
Desde entonces, cada vez que me piden una recomendación, me sale la siguiente frase “nada como la Playa de las Catedrales”. Por desgracia, este año no he podido volver, pero os aseguro que, en cuanto me sea posible, allí estaré. Y es que, ¿quién no quiere volver al paraíso?